Ir al contenido
Todas las lecturas

B1-B214 min de lectura

Cerebros bilingües: ¿hablar dos idiomas cambia tu forma de pensar?

Imagina que estás sentado ante una mesa llena de objetos: un pan, un bolígrafo, una taza y una pequeña sartén. Un investigador te pide, en español, que «cojas el pan». Lo haces en menos de un segundo. Pero una diminuta…

Imagina que estás sentado ante una mesa llena de objetos: un pan, un bolígrafo, una taza y una pequeña sartén. Un investigador te pide, en español, que «cojas el pan». Lo haces en menos de un segundo. Pero una diminuta cámara que sigue el movimiento de tus ojos ha detectado algo de lo que ni siquiera eres consciente: justo antes de alcanzar el pan, tu mirada ha saltado a la sartén. ¿Por qué? Porque también hablas inglés, y en inglés una sartén se llama pan.

Experimentos como este, realizados por primera vez por los psicólogos Viorica Marian y Michael Spivey a principios de los años 2000, revelaron algo sorprendente sobre las personas que hablan dos idiomas. Aunque estén usando solo uno de ellos, el otro sigue trabajando en silencio en segundo plano. Los investigadores calculan a menudo que más de la mitad de la población mundial utiliza dos o más lenguas en su vida diaria, así que no se trata de una rara excepción: así funciona una enorme cantidad de cerebros humanos. La verdadera pregunta es qué le hace a la mente vivir con dos idiomas a la vez. Y la respuesta, como vas a ver, es mucho más interesante —y mucho más polémica— de lo que sugieren los titulares populares.

Dos idiomas que nunca se apagan

Durante mucho tiempo se pensó que un cerebro bilingüe funcionaba como una radio con dos emisoras: eliges una y la otra se queda en silencio. El experimento del pan y la sartén, junto con muchos otros parecidos, demostró que esta imagen es falsa. Cuando una persona bilingüe oye una palabra, el cerebro activa posibles coincidencias en ambos idiomas, sobre todo si las palabras suenan de forma parecida. Después, en una fracción de segundo, tiene que decidir qué idioma es el relevante y dejar el otro a un lado.

Esta competición constante es la idea central de casi toda la investigación sobre el bilingüismo. Para hablar un idioma sin pasarse sin querer al otro, el cerebro necesita una especie de controlador de tráfico interno. Los psicólogos llaman a esta capacidad control inhibitorio: la habilidad de ignorar la información que no es útil en ese momento. Forma parte de un grupo más amplio de capacidades mentales conocidas como funciones ejecutivas, que también incluyen cambiar de una tarea a otra y mantener información en la mente mientras trabajas con ella.

La lógica parecía sencilla. Si las personas bilingües usan su controlador de tráfico mental cientos de veces al día, solo para mantenerse en el idioma correcto, quizá ese controlador se vuelva más fuerte, igual que un músculo crece con el ejercicio. Y si se fortalece, tal vez también ayude con otras cosas: concentrarse en una oficina ruidosa, ignorar distracciones o pasar rápidamente de un trabajo a otro. Esta idea se conoció como la ventaja bilingüe y, durante unos veinte años, fue una de las historias más emocionantes de la psicología.

De «niños confundidos» a «supercerebros»

Conviene recordar que no hace tanto la historia era exactamente la contraria. En la primera mitad del siglo XX, muchos profesores, médicos e investigadores de Gran Bretaña y Estados Unidos creían que criar a un niño con dos idiomas era perjudicial. Varios estudios de aquella época afirmaban que los niños bilingües obtenían peores resultados en los tests de inteligencia, y a veces se aconsejaba a los padres que en casa hablaran solo el idioma mayoritario.

El problema era que aquellos primeros estudios estaban mal diseñados. A menudo comparaban a niños inmigrantes pobres, examinados en un idioma que apenas conocían, con niños más ricos examinados en su lengua materna. No es de extrañar que los niños inmigrantes sacaran peores notas, pero eso no tenía nada que ver con el bilingüismo en sí.

El punto de inflexión llegó en 1962, cuando dos investigadores de la Universidad McGill de Montreal, Elizabeth Peal y Wallace Lambert, compararon con cuidado a niños de diez años que hablaban francés e inglés con niños que solo hablaban francés. Esta vez, los dos grupos tenían un origen social similar. El resultado sorprendió a mucha gente: los niños bilingües obtuvieron mejores resultados en varias pruebas, sobre todo en las que exigían un pensamiento flexible.

A partir de los años noventa, la psicóloga canadiense Ellen Bialystok y sus colegas publicaron una larga serie de estudios que indicaban que los niños y adultos bilingües eran más rápidos y precisos en tareas que exigían ignorar información engañosa. Un ejemplo típico es una prueba en la que hay que pulsar un botón según la dirección de una flecha, sin fijarse en el lado de la pantalla en el que aparece. Las personas bilingües parecían resolver ese conflicto con más eficacia. En la década de 2010, los periódicos aseguraban con total confianza que aprender un segundo idioma te hace más inteligente, mejor en la multitarea y más creativo.

El problema de las buenas noticias

Sin embargo, la ciencia tiene la costumbre de comprobar sus propios resultados, y cuando otros equipos intentaron repetir los estudios sobre la ventaja bilingüe, muchos no encontraron nada. Un desafío especialmente importante vino de Angela de Bruin y sus colegas de la Universidad de Edimburgo. En lugar de hacer otro experimento, decidieron examinar el propio sistema de investigación.

Reunieron 104 resúmenes sobre bilingüismo y control ejecutivo que se habían presentado en congresos científicos entre 1999 y 2012. Las presentaciones en congresos son una muestra útil, porque los investigadores exponen allí sus resultados antes de que nadie decida si merecen publicarse. Después, el equipo comprobó cuáles de esos estudios aparecieron más tarde en revistas científicas.

Alrededor del 63 % de los estudios que apoyaban la ventaja bilingüe acabaron publicándose. De los que no lograron encontrarla, del todo o en su mayor parte, solo el 36 % llegó a una revista.

Es un ejemplo clásico de sesgo de publicación: los resultados positivos y llamativos tienen más probabilidades de publicarse que los aburridos o negativos. Por eso, quien lea solo la literatura publicada se formará una imagen mucho más optimista de lo que justifica el conjunto real de pruebas. El motivo no es necesariamente la falta de honradez: a editores y autores simplemente les parece más interesante «hemos descubierto un efecto» que «no hemos encontrado ninguna diferencia».

Más tarde, análisis más amplios hicieron el panorama aún menos claro. Una importante revisión publicada en 2018 por Minna Lehtonen y sus colegas combinó los resultados de 152 estudios con adultos y concluyó que, una vez tenido en cuenta el sesgo de publicación, no había pruebas convincentes de que el bilingüismo mejore las funciones ejecutivas en general. Otros investigadores, entre ellos el psicólogo Kenneth Paap, han defendido que las pequeñas diferencias halladas en algunos estudios se explican mejor por otros factores, como la educación, los ingresos o el entorno cultural.

¿Significa esto que toda la idea era un mito? No exactamente. Algunos científicos siguen creyendo que existen efectos reales, aunque pequeños, en grupos concretos: por ejemplo, en personas que cambian de idioma con mucha frecuencia o en adultos mayores. Lo que sí ha cambiado claramente es el grado de seguridad. El resumen honesto hoy es que el bilingüismo no convierte a la gente corriente en superhéroes mentales y que, si aporta alguna mejora cognitiva en la vida diaria, esta es modesta y difícil de medir.

¿Un escudo contra la demencia?

La afirmación más esperanzadora de todas tiene que ver con el envejecimiento del cerebro. En 2007, Ellen Bialystok y sus colegas analizaron los historiales de 184 pacientes de una clínica de la memoria de Toronto. Quienes habían hablado dos idiomas durante toda su vida habían desarrollado los primeros síntomas de demencia, de media, unos cuatro años más tarde que quienes hablaban solo uno.

Muchos sospecharon que este resultado podía explicarse por la inmigración. Gran parte de los bilingües de Toronto eran inmigrantes, y las personas que se mudan a otro país pueden ser diferentes en salud, educación o estilo de vida. Por eso un estudio de la India llamó tanto la atención. En 2013, un equipo dirigido por Suvarna Alladi examinó a 648 pacientes de una clínica de la memoria en Hyderabad, una ciudad donde usar varios idiomas es completamente normal y no tiene relación con la inmigración. De esos pacientes, 391 eran bilingües. De media, sus síntomas de demencia aparecieron unos cuatro años y medio más tarde: hacia los 65,5 años en lugar de los 61. Lo más llamativo es que el efecto también se observó en pacientes que no sabían leer ni escribir, lo que sugiere que la educación formal no era la explicación oculta.

¿Cómo puede un segundo idioma retrasar la demencia? La explicación más aceptada es la idea de la reserva cognitiva. El bilingüismo no parece impedir que la enfermedad dañe el cerebro. En cambio, un cerebro que ha pasado décadas gestionando dos idiomas podría crear redes adicionales y aprender a compensar, de modo que siga funcionando con normalidad durante más tiempo a pesar del daño. Los escáneres cerebrales lo respaldan hasta cierto punto: un estudio de 2011 realizado en Toronto descubrió que los pacientes bilingües con alzhéimer tenían bastante más daño físico en el cerebro que los monolingües con el mismo nivel de síntomas.

Pero también aquí las pruebas son contradictorias. Algunos estudios posteriores, sobre todo los que siguieron a personas sanas durante muchos años en lugar de revisar historiales clínicos, encontraron poco o ningún efecto protector. Así que la conclusión más segura es prudente: el bilingüismo a lo largo de la vida puede ayudar al cerebro a resistir el daño, pero no es un escudo garantizado, y los científicos siguen discutiendo sobre la fuerza real del efecto.

¿Cada idioma trae su propia visión del mundo?

Hasta ahora hemos hablado de la eficacia con la que trabaja el cerebro. Pero hay otra pregunta, quizá aún más fascinante: ¿el idioma que estás usando cambia lo que percibes y cómo entiendes los acontecimientos? Es una idea antigua, que a menudo se asocia con el lingüista estadounidense Benjamin Lee Whorf. Su versión más fuerte —que el idioma controla por completo el pensamiento— se ha descartado. Sin embargo, una versión más débil ha encontrado un apoyo real en los experimentos.

Pensemos en los colores. El inglés tiene una sola palabra básica, blue, mientras que el ruso tiene dos: goluboy para el azul claro y siniy para el azul oscuro. En un estudio de 2007, Jonathan Winawer y sus colegas mostraron a hablantes de ruso y de inglés pares de cuadrados azules. Los hablantes de ruso distinguían más rápido dos tonos cuando pertenecían a categorías rusas distintas. Curiosamente, esta ventaja desaparecía cuando tenían que memorizar a la vez una serie de palabras, lo que sugiere que el idioma participaba activamente en la tarea.

Las personas bilingües añaden un giro más a esta historia, porque llevan consigo dos idiomas y pueden cambiar de uno a otro. Un estudio publicado en 2015 por Panos Athanasopoulos y sus colegas analizó cómo describimos el movimiento. Los hablantes de alemán suelen mencionar el objetivo de una acción («una mujer camina hacia su coche»), mientras que los de inglés describen con más frecuencia solo la acción («una mujer está caminando»), en parte porque la forma inglesa en «-ing» centra la atención en lo que ocurre en ese mismo momento.

Los investigadores mostraron vídeos cortos de escenas ambiguas, como una mujer que camina por una carretera con un coche aparcado a lo lejos, y pidieron a los participantes que decidieran a qué otra escena se parecía más. Los hablantes de alemán tendían más a ver la acción como dirigida a un objetivo. Entonces llegó la parte más ingeniosa. A personas bilingües de alemán e inglés se les pidió que repitieran en voz alta series de números mientras veían los vídeos, unas veces en alemán y otras en inglés. Mantener ocupado un idioma de esta forma lo bloqueaba. Cuando se bloqueaba el inglés, los bilingües se comportaban como hablantes de alemán; cuando se bloqueaba el alemán, se comportaban como hablantes de inglés. Y cuando el idioma de los números cambiaba a mitad del experimento, su forma de ver las escenas cambiaba con él.

Dicho de otro modo, los bilingües no estaban atrapados en una única perspectiva fija. Su percepción parecía seguir al idioma que estuviera activo en cada momento.

¿Una persona distinta en cada idioma?

Muchas personas bilingües dicen que se sienten un poco diferentes según el idioma que hablan: más educadas en uno, más directas o graciosas en otro. Los científicos han intentado poner a prueba esta sensación. En un estudio clásico de los años sesenta, la lingüista Susan Ervin-Tripp pidió a mujeres bilingües de japonés e inglés que vivían en Estados Unidos que completaran frases inacabadas. Cuando una frase sobre un conflicto entre los deseos personales y las expectativas de la familia se completaba en japonés, las respuestas solían expresar tristeza o sentido del deber; en inglés, esas mismas mujeres tendían más a decir que simplemente seguirían sus propios deseos.

Parte de la explicación es que cada idioma está conectado con recuerdos, normas culturales y situaciones sociales diferentes. Otra parte tiene que ver con las emociones. Para la mayoría de la gente, la primera lengua resulta emocionalmente más «caliente» que una aprendida más tarde, quizá porque se adquirió en la infancia, rodeada de familia, sentimientos y experiencias intensas. Muchas personas bilingües cuentan que decir palabrotas, rezar o decir «te quiero» les resulta mucho más intenso en su lengua materna.

Esta distancia emocional puede incluso cambiar las decisiones morales. En 2014, un equipo dirigido por Albert Costa, junto con Boaz Keysar y Sayuri Hayakawa, planteó a 725 personas un famoso dilema moral. Un tren está a punto de matar a cinco personas, y la única forma de salvarlas es empujar a un desconocido corpulento desde un puente a la vía, lo que le causaría la muerte. La mayoría de la gente se niega a empujarlo. Sin embargo, cuando el dilema se presentaba en un idioma extranjero en lugar de en la lengua materna de los participantes, la probabilidad de que decidieran sacrificar a una persona para salvar a cinco era aproximadamente el doble. Los investigadores lo llamaron efecto de la lengua extranjera: pensar en un segundo idioma parece reducir la reacción emocional y permite que gane un razonamiento más frío y calculador.

Trabajos posteriores han mostrado que el efecto no es tan simple. Es más débil en quienes aprendieron muy bien el segundo idioma o lo usaron en situaciones emocionales, por ejemplo, viviendo en el extranjero. Aun así, la lección principal es llamativa: la misma persona, ante el mismo problema, puede tomar una decisión diferente según el idioma en que se le plantee.

Entonces, ¿cambia tu forma de pensar?

En conjunto, la investigación cuenta una historia más sutil que los viejos titulares. Probablemente hablar dos idiomas no te hace más inteligente en general, y las pruebas de una gran mejora diaria de la concentración se han debilitado mucho tras un examen cuidadoso. La posible protección contra la demencia es lo bastante real como para que los científicos sigan interesados, pero no tan fuerte como para llamarla cura.

Y, sin embargo, el bilingüismo sí cambia algo. Ambos idiomas permanecen activos al mismo tiempo, compitiendo sin parar. El idioma que usas puede influir en lo que percibes en una escena, en cómo recuerdas un conflicto e incluso en la frialdad con la que juzgas una decisión moral. Quizá la forma más precisa de describir una mente bilingüe no sea como un cerebro mejor, sino como uno más flexible: una mente que ha aprendido, al menos a veces, a mirar el mismo mundo a través de dos ventanas distintas.

Esto plantea una pregunta que merece la pena si estás aprendiendo un idioma ahora mismo: a medida que tu nueva lengua se vuelve más fuerte y acumula sus propios recuerdos y emociones, ¿en qué momento deja de ser una herramienta que usas para convertirse en una segunda forma de ver las cosas?

Fuentes

Empieza hoy a leer en otro idioma

Gratis para iPhone y iPad. Tu primer libro está a un toque.

Descargar en el App Store
Escanea con la cámara del iPhone